40. Catalepsia
Mario: Tengo la extraña sensación de que todo ha terminado cuando bajo del taxi que me lleva hasta la zona más alejada de La Planicie, y diviso la casa residencial de El Vendedor a no menos de una cuadra por esa pendiente, que me lleva hasta arriba, a una zona en la que ni siquiera hay asfalto. Toco el timbre y no se apura en abrir nadie. Cómo estás loco, me pregunta El Vendedor apenas abre la puerta de su casa. Bien, loco, le respondo, estoy por emprender un viaje. Te entiendo, dice El Vendedor, que hoy en particular está más flaco de lo habitual, más flaco que la última vez. Ayer me pegué un trip alucinante, dice, con un blue bird que me regaló un amigo. Me quedé viendo los Teletubbies, ésos muñecos son un ácido. Y después me tomé otro porque me iba a una fiesta de Halloween, pero me quedé viendo los Teletubbies y al final no hice nada.
Estamos en una de las habitaciones de su casa que da a un patio por donde hay una piscina y el piso es de piedra. Lo bueno de estar aquí esta mañana es que hace sol y por la ventana de la casa de El Vendedor todo se ve mucho mejor. No, le digo después de un rato, yo me refería a que me voy de viaje, ya sabes, por tierra... El vendedor abre una de las puertas de su armario y saca un maletín con bolsas llenas de una marihuana brillante. Saca dos palos grandes y empieza a cortarlos con una tijera.
Ah ya, ¿y te piensas llevar toda esta marihuana contigo?. Sí, la voy a vender por allá, le digo. ¿Dónde?. En Cuzco, le digo. El Vendedor asiente. Sí, Cuzco, sí... Excelente negocio, dice, y en seguida: mucho dinero. Grandes probabilidades de éxito. Mucho consumidor y muchos gringos locos por doquier. Mucho cuidado con la policía, con las epidemias y las ETS`s, mucho cuidado con el SIDA. Y yo no sé por qué El Vendedor me dice todas éstas cosas aquí, en su casa, en La Planicie, y me pregunto si se habrá metido más éxtasis hoy. Después de un rato, El Vendedor ha terminado de pesar los veinte dólares de marihuana que le voy a comprar y que voy a llevar a Cuzco.
El Vendedor levanta su cabeza y me mira con sus anteojos de sol Oakley. No me dice nada. Saca algo de otro cajón en donde guarda, creo, su ropa interior, y tira sobre la cama una bolsa llena de cocaína brillante. ¿No te quieres llevar esto?, me pregunta. Cojo la bolsa y la miro. El Vendedor la abre. Prende la televisión y se sienta. Retrocede en su VHS una cinta que tenía antes grabado videos musicales pero que ahora tiene grabado más Teletubbies.
El Vendedor hace una línea, la aspira, y durante largo rato mira el televisor con cuidado. Afuera, el sol quema la piscina y desde allí veo el agua evaporarse con el mediodía. Espérate un rato, ya vengo, me dice, y sale de su cuarto y se va. Y yo me quedo sólo con los veinte dólares de marihuana envuelta en papel platino todavía sin pagar, y con la bolsa transparente llena de cocaína por la cual resbala un polvo cristalino como si sangrara. Y cuando la toco percibo su sabor con los dedos. No puedo evitarlo y guardo la hierba y la cocaína en mi mochila.
Cuando salgo ya estoy casi en el jardín, y El Vendedor está parado en la puerta sujetando un bate de baseball. No hay nadie alrededor suyo y no hay nadie tampoco en su casa. Por lo que sé, El Vendedor no vive solo, y me pregunto qué le habrá pasado a los demás y por qué sujeta ese bate de baseball.
Aquí están tus veinte dólares, le digo. ¿Ya te vas?, me pregunta El Vendedor. Sí, ya me tengo que ir. El Vendedor y yo nos damos la mano, él me acompaña a la puerta y se despide de mí cuando ha aclarado un par de asuntos con respecto a los Teletubbies que tenía que aclarar:
Dipsy es el verde limón, el más chiquito. Laa-laa es el amarillo, aunque ninguno tiene sexo, creo que el amarillo siempre es el más femenino. Luego está Poo, el rojo, con el que me siento más identificado. Siempre he pensado que Poo es el más importante del grupo. Finalmente está Tinky Winky, el que supuestamente es gay, sólo porque tiene un triángulo invertido en la cabeza y es completamente lila, y usa de vez en cuando una carterita roja. Pues a mí me parece que no, que ninguno es gay, porque los Teletubbies no tiene esa malicia. Al menos, yo no percibo esa malicia en ellos.
Se queda callado un rato y en seguida dice: yo pienso que todos son, por igual, bisexuales...
Droguerto: Estamos Paty, Miguel y yo en un círculo vicioso de miradas repletas de deseos reprimidos y odio. Paty se deja llevar por lo que cada uno dice mientras escuchamos canciones inéditas de Andrés Calamaro que ya nadie escucha. Finalmente, Paty se pone a cantar una canción llamada “El tilín del corazón”, echada sobre la cama con su cuerpo de diecinueve años estirado y enredado entre sábanas celestes que Miguel no se animó a tender esta mañana. Y yo la miro. Su cuerpo es delgado y tiene la forma de las mujeres bellas. Es decir: un par de tetas abultadas a la altura del pecho, las piernas largas y depiladas, y un par de caderas para morirse. Por eso Miguel y yo la vemos cantar borracha “Una casa con diez pinos” mientras sus ojos, alegres por la droga, miran el techo.
Después de un rato, en el que Miguel y yo nos reímos y compartimos un mismo vaso de cerveza, me echo en la cama y me estiro junto a Paty tratando de no hacer ruido ni de llamar mucho la atención.. Miguel hace lo mismo. Paty finge estar dormida, y mientras en la computadora de Miguel siguen corriendo las canciones (“La ranchada de los paraguayos”, “How deep is your love”, “Brian Bachicha”, etc...) Miguel y yo abrazamos a Paty y empezamos a jugar un juego.
Cuando Paty abre los ojos es para sacarse la casaca sport que llevaba consigo esta noche. Dice en susurros que hoy es 31 de octubre, la fiesta de la fertilidad por excelencia, el “Beltane”, el más popular de los sabbats. Una costumbre olvidada en el hemisferio sur. Y yo no sé para qué dice esto, sólo me dedico a exteriorizar mis deseos más reprimidos, mientras Paty se va quitando su blusa y Miguel le besa la boca. Siento varios minutos de incomodidad, distanciamiento mental con la situación, y es cuando meto mis dedos debajo de la falda de Paty. Ella parece cómoda y la noto algo húmeda. Miguel ahora trabaja mordiendo sus tetas y yo, después de bajarle los calzones, la lamo con placer.
Luego nos turnamos para tirar y para fumar los wiros que nos quedan. Había algo de vodka y mientras yo lo hacía con ella, me dio por bañarla con licor y lamerla y la cama de Miguel terminó realmente jodida. Cuando todos terminamos de hacerlo, decidimos comer algo y Paty se mete a la ducha.
Mientras cocinamos huevos fritos con arroz, Miguel viene y me dice en secreto: puta, huevón, felizmente no era virgen. Y yo me quedo pensando en eso un rato y después le digo: estás creyendo que es virgen. Cuando Paty sale de la ducha está desnuda y se le ve realmente hermosa. Luego miro a Miguel mientras sonríe, y me veo en el espejo. Los tres dormimos en la sala y cuando me despierto, al amanecer, me pongo a pensar en que estamos locos. Miguel y yo, tarde o temprano, vamos a terminar matándonos por Paty. Así que cuando pienso esto, recojo mis cosas y me voy.
Lili: Mario dice que se va. Me pide que lo acompañe. Yo no le digo nada: ni sí, ni no. Me cuenta que ha tomado la pensión de su universidad y que con eso nos bastará para vivir bien algunas semanas. Sé que él espera a que yo diga algo, que tome algún partido, pero no lo hago. Tal vez mi opinión pueda trascender en el tiempo y en la estupidez que está a punto de cometer. Así que dejo que se equivoque y prendo la televisión y veo alguna película en TNT.
Carolina dos: Así que es verdad. ¿Se fue?, pregunta mi amiga. Estamos tomando una gaseosa a medias en la cafetería. Yo pido una hamburguesa y mi amiga también. Eso parece, le digo. Pucha, qué fácil se la lleva ese huevón, dice mi amiga. No creo que sea muy fácil, le digo. Siempre lo tratas de justificar, dice mi amiga. Llegan las hamburguesas y nos apuramos en comer. Debe ser difícil para él también, ¿no crees?. Sí, sí, sí, dice mi amiga, tan difícil como armarse otro porro. Por favor, ¿no te das cuenta que Mario es un vago y un pastrulo? Más bien, hay que ir cambiando de tema, dice. Le damos unos mordiscos a las hamburguesas y continuamos conversando. No quiero cambiar de tema, le digo. Está bien, dice mi amiga, ¿qué te dijo la última vez que hablaste con él?. No me dijo nada, siento que hablo con una profunda tristeza, lo vi hablar con su prima y se fue. ¿No te dijo nada?. Sí, me dijo muchas cosas. Me dijo que tenía miedo y que se sentía mal. Lo mandaste a la mierda, espero. Niego con la cabeza. ¿Por qué no?. Lo que voy a decir se me atora en la garganta, agacho el tórax y siento que llega hasta el piso. No sé, es que se le veía tan guapo...
Mario: La espero en la central de autobuses interprovinciales que hay en la Javier Prado. Se hace de noche demasiado rápido encima mío y cargo mi mochila sin un solo recuerdo mientras pasan pensamientos horribles por mi cabeza.
Como siempre, los boletos dicen una hora y el autobús sale en otra. Así que la puerta del autobús se abre y yo soy el último en subir. La mayoría de gente que viaja son turistas o limeños en época de vacaciones. Dudo que alguien esté en la misma situación que yo. La llamo por teléfono y mientras el celular timbra yo estoy muy nervioso y pienso en demasiadas cosas a la vez. El celular no contesta. Después de unas cuatro llamadas, el celular parece apagado.
Así que me subo al autobús con la mochila en un hombro y miro por última vez la ciudad terrible, mientras que en la Javier Prado un millón de automóviles se apresuran en llegar a algún lado. Y pienso otra vez en la terrible situación que me esperaría aquí si no me fuera, y pienso de nuevo en mi familia, en mis amigos, en mi prima Carolina. Y pienso otra vez en la coca que le encargué traer a Lili. Pienso sobre todo en la coca.
Fin.